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jueves, 17 de septiembre de 2009

AUTOANÁLISIS


No sé realmente cuando empezó el problema, tal vez debí haber sospechado algo cuando a los trece años, después de una pelea con mi Mamá, me fui llorando a buscar una botella de cloro que empecé a beber y me dio tanto asco, que para endulzarle el sabor mezcle con un poco de agua y azúcar, lo único que conseguí fue lavarme bien las tripas que deben haber quedado limpiecitas. No puedo decir que lo hice para llamar la atención, porque sólo unas cuantas amigas saben de ese cuasi intento de suicidio, -aunque quizás por lo absurdo del hecho prefiero no divulgarlo, es poco glamoroso-, ¿alguién se imagina a la Marilyn Monroe suicidándose con cloro?
Guau, suicidio, fuerte palabra, ¿qué podría ser tan grave como para que una chiquilla de esa edad quisiera acabar con su vida?. Tal vez la violencia con que mi Madre le ponía fin a cualquier intento de rebeldía, la inestabilidad de un hogar que no contaba con un Padre y la continúa persecución de un abuelo degenerado, cosas que compensaba con un brillante desempeño escolar y una lista interminable de amigas, algunas más buenas que otras, juicio constante de mi abuela que yo hoy corroboro de cierta manera, porque de todas ellas, apenas conservo una que otra, -las amigas no dejan nada bueno, mijita- solía decirme con su pausado tono reconciliador. Todo para evitarme cualquier otro drama en la casa con mi mamá.
¿Y que me llevó a donde hoy me encuentro?, quizás la suma de todo eso y las consecuencias que esa infancia me dejaron: un matrimonio fracasado, una carrera profesional inconclusa, otra, terminada pero sin ejercicio alguno y las ganas de mandar todo a la mierda a los treinta años. ¿Qué frena mis instintos autodestructivos?, tres hijos que dependen exclusivamente de que yo sea capaz de levantarme sagradamente todos los días a las seis y media de la mañana, que les de su desayuno, los mandé al colegio y los espere con una sonrisa y el almuerzo preparado. Y en el intertanto, asear la casa y tirarme a llorar sobre la cama hasta que se me hinchen los ojos, los que luego maquillare para que no trasluzca de mi algo más que un inventado catarro. No sin antes darme la siesta de rigor que me devolverá las horas de sueño que perdí la noche anterior, tratando de pensar por qué no me tome temprano, la amitriptilina, esa que me permite dormir sin soñar, quizás porque me conozco tan bien que a estas alturas se sin duda que si no la tomo a las nueve de la noche, no seré capaz de despertar a la hora necesaria para cumplir con el sagrado rolde Madre y esa porfía de no tomar más de una, es porque se me pone la lengua traposa, pero el psiquiatra, no quiere entender e insiste en que deben ser tres cada noche.
¿Porque habría de querer depender de las pastillas?, me agota tomarme tres fluoxetinas al día para no sentir ansiedad, dos atemperator que me relajan para dejarme como dice el doctor “atemperada”o parejita en buen chileno y más encima sumar las pastillitas para dormir. ¿Algún médico se habrá puesto a pensar alguna vez en lo fácil que es matarse teniendo tanto remedio a la mano?, personalmente lo he intentado dos veces y no he sido muy persistente al hacerlo, será porque cuando la idea cruza, es cansancio y unas ganas locas de descansar, y no saber de nada ni de nadie lo que me impulsa a tomármelas de un viaje. Mi primer intento con medicamentos fue aún más absurdo que con el cloro, me tome cuanta pastilla encontré en el velador de mi Mamá y resulto que eran sólo anticonceptivas, -las que no parecieron afectar para nada mi facultad reproductora-, Luego vendría el segundo intento farmacológico que fue un poco más serio, pero que sólo fue con un par de clonazepam, porque quería dormir y se me paso la mano, claro que eso paso cuando aun tenia un marido que me pudiera llevar a un centro asistencial, debo suponer que es como todos dicen un mero intento de llamar la atención aunque no quiera reconocer abiertamente que es así.
Un S.O.S, que pareciera perderse en las inaccesibles cabezas de mi Madre y mi ex marido, que se culpan mutuamente de mis continuos ataques de angustia, y yo como si los viera a lo lejos o no fuese la afectada, me pregunto cuando dejaran de discutir entre ellos.
Todavía recuerdo, como si fuese una película en blanco y negro, de esas que pasaban lentos los cuadros por minuto, cuando se me ocurrió ir a la sicóloga, -creo que es como cuando te pasa toda tu vida en unos segundos-, Me congelaba la idea de que mis hijos pasaran por lo mismo que yo. No es una bonita memoria el ver a tú Madre borracha en la cama enterrándose tenedores en las muñecas e invitando a tú hermana chica a matarse con ella, -hasta para eso me excluía-, como si yo no sufriera la misma miseria. Entonces me fui corriendo a buscar alguien que me frenara antes de dar semejante espectáculo, que por la experiencia familiar parecía ser algo genético.
No se lo dije a nadie por un par de semanas, mientras deambulaba buscando un médico que me diera la confianza suficiente para echar algo de lo que tuviera atorado para afuera, esa continua sensación de ahogo en el pecho que no te deja respirar y que sólo te permite desparramarte en llanto, por ejemplo.
Por supuesto nunca faltan “las amigas” que tienen un datito y mi primera estación fue el CENFA o centro familiar de ayuda, que está lleno de mujeres histéricas, autocompasivas y maltratadas por sus maridos, me di cuenta en las primeras sesiones que no era mi lugar, primero porque allí las terapias eran grupales. Una a una contábamos lo primero que estuviésemos sintiendo. De que sentimientos me hablan si yo no siento nada más que algo que crece dentro y que cada día me ha ido minando las fuerzas para esperar con una sonrisa a esos enanos que deambulan por mi vida, sin dejarme tiempo más que para hacer de ellos lo que yo no soy y evitar tal vez no poder encontrarle sentido a esta vida.
Supongo que las terapias han ayudado en algo porque lo único que quería era antes de era terminar rápido con todo, -tal vez no en forma consciente-, pero saber primero ¿qué era todo? y sólo conseguí, ser la paciente más enferma a vista y paciencia de mis otras compañeras de terapia, que veían en mi a la más débil, debo suponer que eso las hacia sentirse menos enfermas o quizás algo cuerdas. Probablemente es normal que cuando veamos la desgracia de otros, creamos que la nuestra no tenia importancia, pero yo creía diferente y lo sigo sosteniendo hasta el día de hoy, es tan obvio para mi que mis problemas o el tamaño de ellos no tiene relación con los de otros por la sencilla razón de ser individuos independientes internamente, tenemos diferentes parámetros de dolor y sufrimiento, que sólo es medible con nuestra propia experiencia de vida. Quizás lo que me afecta a mi puede parecer una tontera frente a alguien que halla perdido al ser amado o que se yo.
La primera vez que falte a las sesiones, me sentí hasta aliviada de no tener que llorar frente a un grupo de extrañas compadeciéndome y opte por pagar caro o al menos que mi esposo pagara caro la responsabilidad que podía caberle en mi falta de cordura y me fui a un centro de enfermedades mentales privado que se encontraba en Providencia, el Centro de Terapia del Comportamiento, allí me atendió la sicóloga más “artesa” que he conocido, debo suponer que estudio en la Chile porque las de la Católica no osarían jamás ponerse tanta lana y collar de madera y estoy casi segura que sus aros eran de cobre, no recuerdo su nombre pero su facha no se me quita de la cabeza. Me agradaba porque era muy light, no todos mis sicólogos o psiquiatras han sido así, por el contrario he detestado a esos que tienen las familias perfectas porque se la pasan analizando incluso al gato, ni la nana de la casa se salva, todo tiene que estar en armonía. La llamaré M, era como salida de la feria artesanal frente al cerro Santa Lucia. Ella me dio las primeras claves para entenderme un poco, dijo primero que mi dependencia hacia mi Marido en vísperas de dejarme, era producto de mi falta de imagen paterna o sea que porque el cabrón de mi papá abandonó a mi mamá yo me case con la joyita que quería una Barbie y tenía el síndrome de Pepe Lepuff, ese zorrino francés, apestoso y enamorado de todas. Ahora que lo pienso tal vez de allí provenga mi baja autoestima. Bueno en fin, entre las dietas para ser la modelo anoréxica que mi marido quería por mujer y la ansiedad que hacia rebotar galletas, chocolates y dulces a mi boca, el matrimonio se me fue a la punta del cerro. Pero cuando te divorcias en plena depresión tiendes a usarla para detener y castigar a los culpables y si yo saque algún provecho, fue el darme el lujo de ser yo quien lo hecho de la casa, aludiendo que igual me iba a abandonar cuando estuviera bien, que no quería lastima, como dice una amiga mía, siempre “digna”, lo que no quiere decir que rechazara la suculenta pensión alimenticia, que sirviera para expiar sus culpas y me permitiera seguir asistiendo al medico sin tener que trabajar. En cuanto a mi mamá la tengo pagándome con dinero la falta de afecto en cómodas cuotas mensuales, después de todo los remedios no son baratos y la isapre no cubre tantas sesiones.
Pero aún después de tantas psicoanálisis, había algo atorándome –si pueden adivinar-, era el Padre ausente, que en realidad no fue tan ausente porque se aparecía cada cierto tiempo para prometerme el cielo y la tierra, promesas que yo ingenuamente creía, hasta que la decepción pudo más y lo di por muerto, craso error según la ultima sicóloga que dice que yo no puedo echarle tierra encima a los problemas, y para darle en el gusto asumí con total franqueza y realismo que mi padre vale hongo y que todo lo que no me dio cuando niña, no me lo va a dar ahora, así que de vez en cuando lo visito para decirle lo maravillosa que estoy y todo, sin él. Después de todo quien puede decir que ha fracasado en la vida, si tiene una casa propia, auto, tres hijos sanos e inteligentes, una Madre amorosa que aun se preocupa por nosotros, una carrera universitaria y la falta total de necesidad de ganarse el pan trabajando porque para eso esta el ex marido, ah pero no podemos olvidar que la última sicóloga me dio de alta porque ahora ya he perdonado a mi padre. Entonces , alguien me podría explicar ¿de qué mierda me quejo?.
Carolina Bustos

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