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martes, 23 de abril de 2013

"La lluvia y los hongos" de Mario Benedetti

¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era éste nuestro convenio de hace cuatro horas. ¿Recordás lo que dijimos? No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconocé que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero, vos y yo mirándonos, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba entre ambos la corriente milagrosa, vos y yo inscribiéndonos tácitamente en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación tan sórdida como ésta, para repetir, como siempre con fundadas esperanzas, la búsqueda del amor.

Después de todo, ¿qué crees que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiamos un poco. Ahora me da lástima verte así, tan indefensa, tan iluminada. ¿Querés apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos. Además, ya no llueve. A lo mejor, tenés razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Querés que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es más bien tediosa. ¿O querés que empiece por la zona de amistad? Ya sé, estarás pensando: cuántas ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decís a menudo diosmío), no cultivan la virginidad ni tienen los pies fríos ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a qué atenemos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separamos con la misma sorna, con la misma envidia contenida. Sí, estarás pensando eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mí no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Sólo tres. El primero se quedó con un sobre que contenía mi sueldo y nunca más supe de él. Con el segundo me tomé a golpes, y las cicatrices respectivas (ésta del pómulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quitó una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, cómo explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto. todo cuanto hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia más dificil: la de las actitudes. Frente al problema más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resultó intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un día no pude más y la golpeé. Tuve que hacerlo. La golpeé, la humillé, la obligué a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenía que verla alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya sé que es dificil de comprender, no precisa que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te digo que la obligué? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado. Pero al día siguiente ella adoptó de nuevo la única actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia de la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió el gas. La maté, claro. ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único, ¿te das cuenta? Y ahora, por favor, hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
ni mucha sinceridad que duela, ni poca que te haga dudar

viernes, 12 de abril de 2013

AMOR A LA DISTANCIA


Anoche, mientras salía de mi apartamento con dos botellas de vino tinto entre las manos, se me ocurrió, Viviana, que tú jamás sabrías de ese pequeño detalle si yo decidiera no contártelo. Las botellas de vino tinto, la sonrisa en los labios, el aire de expectativa ante la inminencia de una fiesta que prometía mucho y efectivamente cumplió: pequeños detalles que tú quizás jamás sepas, así como yo no sé de tantos pequeños detalles tuyos. Dicen que las relaciones son precisamente esas minucias que nos pasan mientras estamos ocupados haciendo o diciendo cosas importantes, y lo nuestro es una ausencia de minucias, nos contamos algunas cosas pero no es suficiente, ésa es la naturaleza de la relación a la distancia, tres o cuatro meses de hablar por teléfono una o dos veces por semana, en general quince minutos y en el mejor de los casos media hora, si tenemos suerte una buena conversación y si no los inevitables malentendidos, las frases a medias, las diferencias de tono (cómo importa el tono de voz en el teléfono, la forma es más importante que el fondo) porque a veces uno se siente muy cerca de la otra persona y la otra no y viceversa, así hasta el reencuentro y el regreso de las minucias al menos por un tiempo, hasta la próxima separación.
En la fiesta conocí a una chica española, Cristina, había llegado a Berkeley por dos semanas a visitar a su hermana. Hubo una conversación trivial, hubo un par de sonrisas sugerentes y vino tinto, y cerveza, hubo el contagioso merengue de Juan Luis Guerra y de pronto, Viviana, me encontré bailando con exaltada pasión. La estaba pasando muy bien y por ese momento pude olvidar el allá y el futuro, los diversos territorios y tiempos en los que uno habita en una relación a la distancia, y concentrarme en el acá, en el ahora. Luego me sentí culpable, como siempre me siento cuando lo paso bien sin ti, cuando me dejo llevar por el ruido del mundo y descubro que también puedo ser feliz en tu ausencia. Para alguien que nunca dudó de ninguno de los mitos que generaciones pasadas nos legaron acerca del amor, esa verdad produce angustia y amargura: porque uno cree literalmente en los mitos y cuando descubre el amor piensa que es cierto, uno no puede vivir sin el ser amado, sin ese ser al lado hay insomnios continuos y una desgarrada, quieta desesperación (lo que tienen que soportar las almohadas) y a veces no tan quieta. Angustia y amargura, porque uno descubre que puede vivir sin el otro ser, la impiadosa vida continúa y hay que sobrevivir, de algún modo hay que ingeniársela para construir un mundo en que la otra persona esté pero no esté, sea imprescindible pero no sea imprescindible. Y así, Viviana, nuestro gran amor se convierte en un amor más, un amor que pudo no haber sucedido aunque nosotros creamos que el destino nos tenía reservados el uno para el otro, un amor lleno de debilidades y olvidos y traiciones como el de tantos otros, un amor que después de todo es lo único que tenemos y es lo único que nos va a redimir de una vida llena de debilidades y olvidos y traiciones.
Cuando te llame el domingo, comenzarás por contarme lo que hiciste esta semana: el lunes a comer salteñas al Prado con tus amigas, el miércoles de compras a las Torres Sofer con tu hermana, el jueves a ayudar a tu papá en su consultorio, pura rutina, amor, por aquí no pasa nada, sabes lo aburrida que es Cochabamba. Luego me dirás que extrañas mucho y me preguntarás qué hice esta semana. Y yo también te diré que te extraño mucho y te narraré la historia de esta semana. Será una narración despreocupada, con un tono casual de voz, acaso palabras diferentes a las del anterior domingo pero siempre el mismo mensaje, por aquí no pasa nada, sin ti no pasa nada, me aburro mucho y me siento solo y no veo la hora de volver a verte. Si tuviéramos una relación libre sería diferente, podríamos contarnos las cosas que hacemos, con quién salimos y etcétera, pero el problema es que ninguno de los dos puede aceptar una relación así, nos creemos modernos pero no tanto, hemos decidido que si hay verdadero amor hay fidelidad y confianza, con nuestras palabras hemos creado un amor en el que no podemos fallarle al otro, en el que ambos valorarnos muchísimo la fidelidad y confiamos muchísimo en el otro. Hemos creado una pareja que está muy por encima de nuestra realidad, y ninguno quiere ser el primero en destruir esa imagen. Es verdad que me siento muy solo y no veo la hora de verte, pero no es verdad que no pase nada (siempre pasan cosas). Te diré que el viernes fui a una fiesta, que estuve hasta temprano y pensé mucho en ti, que sentí mi soledad magnificada ante el espectáculo de tantas parejas felices juntas, amor odio la relación a la distancia pero lo hago sólo por ti, tú vales la pena cualquier sacrificio. Y es verdad que tú vales la pena, que no te quiero perder. Pero tampoco te puedo contar muchas cosas porque sin secretos ninguna relación subsistiría: imposible tolerar la verdad y la verdad y nada más que la verdad. Cómo contarte, por ejemplo, que después de la medianoche besé a Cristina en el balcón con un ardor que no sentía hace mucho. Cómo contarte que un par de horas después, en el jardín y protegidos por las sombras, Cristina deslizó su mano derecha entre mis ropas hasta encontrar lo que buscaba, y cuando lo encontró no lo soltó hasta que yo tuve que pedírselo por favor, era tanto el placer y luego el dolor. Cómo contarte, Viviana, que Cristina y yo, ebrios y olvidados de todo excepto de los dos, nos fuimos a mi departamento y allí nos embarcamos en un viaje de jadeos y temblores hasta el fin de la noche.
Pero ¿existieron alguna vez los amores perfectos? Acaso en la relación a la distancia existan personas que actúen a la altura de las circunstancias, que piensen imposible fallarle al otro por diversas razones, acaso por amor, acaso porque no quieren fallarse a sí mismos. Es, después de todo, una prueba de carácter, de fortaleza moral. Pero la mayoría de nosotros somos bajos, no estamos a la altura de las circunstancias, la otra persona no está cerca y uno tiene tanto tiempo libre, las tentaciones acosan sin descanso y una cosa lleva a la otra y la carne es tan, tan débil. El primer paso es muy difícil, las cosas están tan frescas todavía, uno va a una fiesta y el rostro y la piel y las palabras del ser ausente están con uno todavía, por favor, prométeme que jamás me fallarás, te amo tanto tanto. Y uno se siente tan orgulloso de ser fiel, Viviana, de saberse respondiendo a la confianza depositada, seguro que tú algún rato también sentiste lo mismo. Pero después, uno se aburre y hay tanto tiempo libre, uno va cediendo poco a poco, uno llama a esa morena de la linda sonrisa que uno conoció por azar (el azar es culpable de todo, de las pequeñas aventuras, de los grandes amores) mientras aguardaba el bus, la morena de conversación superficial y nombre poético, Soledad, pero uno se olvida poco a poco de la conversación superficial y se acuerda de la linda sonrisa y del nombre poético, y una noche uno está estudiando y el estudio aburre y el teléfono tienta, por qué no, no pasará nada, charlar no es pecado. Así, casi imperceptiblemente, se inicia la cadena de pequeñas traiciones. Con la morena no pasará nada, acaso un café (la conversación superficial) y un par de leves insinuaciones y el miedo inmenso de que esas insinuaciones sean tomadas en serio, no pasará nada pero después uno está más predispuesto para la próxima, ojalá que sea una persona muy interesante, después será el fugaz enigma de Sofía y cuando uno llega a darse cuenta del territorio en que ha ido a parar ya es tarde, ya es muy tarde.
Mis amigos dicen que en realidad no estoy enamorado, si no no sería capaz de hacer lo que hago. Sin embargo, Viviana, pienso que ya he pasado la etapa de la visión maniquea del mundo, pienso que puedo ser capaz de amarte mucho, y acaso aún más que antes, al mismo tiempo que suceden las cosas que suceden aquí. Sería acaso mucho más fácil para mí que una cosa excluya a la otra, pero no, una cosa es el amor y otra la necesidad, nuestra inherente fragilidad, la hermosa espina de la tentación, el miedo que tenemos a quedarnos solos, lo fácilmente que estamos dispuestos a desprendernos de nuestros principios por unas horas de ternura y placer, un instante de compañía. Una cosa es el amor y otra la distancia, o al menos eso es lo que creo ahora, eso es lo que quiero creer ahora, quizás cuando estemos juntos de una vez por todas y para siempre las cosas sigan así, de vez en cuando la tentación, de vez en cuando la fragilidad, tampoco es una cosa o, la otra, la distancia o la cercanía, las pequeñas traiciones pueden aparecer en ambas situaciones, el amor puede continuar con pequeñas traiciones en ambas situaciones.
Y no soy ingenuo, y sé que lo que hago lo puedes estar haciendo tú también. Acaso tu ida a la discoteca el anterior fin de semana, con tus amigas, haya acabado en una callejuela oscura a las faldas de San Pedro, bajo la silueta recortada del Cristo de la Concordia, con el fondo de la suave música que emanaba de la radio del auto del desconocido de ojos negros y así comenzó todo. No soy ingenuo, y probablemente tú tampoco lo seas, pero lo cierto es que estamos atrapados por nuestras propias imágenes de lo que queremos pero no podemos ser, y no podemos decir ciertas cosas, no podemos confirmar ciertas sospechas, todo está bien entre los dos mientras no digamos en voz alta (o acaso un susurro baste) todas aquellas cosas que sospechamos y preferimos no oír. Para seguir, debemos continuar con nuestro secreto a voces. Apenas alguien abra la boca, se romperá el encantamiento.
Por eso jamás te enviaré esta carta, preferiré publicarla en el suplemento literario de algún periódico, escudado en la ficción. Y cuando alguna de tus amigas que haya leído el cuento te pregunte cómo puedes seguir conmigo después de mis públicas admisiones, tú me defenderás y le dirás que no confunda la realidad con la fantasía, le dirás que ése es el precio de enamorarse de un escritor. Pero acaso algún rato te venga la duda, y me confrontes y me pidas que te diga con toda sinceridad si hay algo autobiográfico en ese cuento. Y yo recordaré el momento en que lo escribí, este momento, las once de la mañana en mi habitación, Cristina todavía durmiendo en mi cama, con la respiración acompasada y lejos de mí y del mundo, el perfecto cuerpo desnudo, la perfumada piel canela, y recordaré haber hecho una pausa antes de terminar de escribir el cuento, una pausa para admirar el hermoso cuerpo desnudo, y te diré sin vacilaciones que no, ese cuento no tiene nada autobiográfico, ese cuento es una ficción más, todo lo que se relaciona conmigo es, de una forma u otra, ficción.


Edmundo Paz-Soldán (Bolivia, 1967)